Chien 51 nos lleva a un París futuro dividido por clases sociales, donde una inteligencia artificial llamada Alma controla y supervisa una sociedad que parece tenerlo todo perfectamente ordenado, aunque ya sabemos que cuando una IA dice tenerlo todo bajo control, seguramente es porque algo muy chungo se está escondiendo debajo de la alfombra. La muerte del creador de Alma pone en marcha una investigación que une a Salia y Zem, dos policías de mundos muy diferentes, obligados a trabajar juntos para resolver un caso que acabará poniendo en duda todo el sistema que les rodea.

Tengo que reconocer que verla a altas horas de la noche, con el cansancio acumulado del festival haciendo bastante mella, seguramente no ayudó demasiado a que entrara del todo en su propuesta. Aun así, Chien 51 se deja ver con bastante facilidad. Está bien rodada, tiene un buen reparto y cuenta con una historia que, aunque no inventa absolutamente nada nuevo, sabe mantener el interés durante buena parte del metraje. Hay ideas interesantes sobre la vigilancia, la división social y el poder de la tecnología, aunque muchas de ellas pasan por caminos que ya hemos visto bastantes veces en la ciencia ficción.

El problema es que, pese a todos sus aciertos, la película acaba teniendo un cierto aire a ciencia ficción de marca blanca. Funciona, entretiene y está hecha con oficio, pero le falta ese punto de personalidad que la habría hecho destacar de verdad. Aun así, no me parece una mala película ni mucho menos. Es una propuesta disfrutable, con buen ritmo y suficiente empaque visual como para hacerte pasar un buen rato, aunque probablemente se quede más en una experiencia correcta que en una de esas películas que siguen dando vueltas en la cabeza al día siguiente.

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